No es casualidad que nuestro planeta se llame Tierra. Gran parte de la vida terrestre depende de la frágil y degradable corteza de suelo que recubre los continentes. Sin ella, los seres vivos nunca habrían salido de los océanos: no habría plantas, ni cosechas, ni bosques, ni animales, ni hombres.
Este manto precioso, verdadera sustancia del planeta, se forma con dolorosa lentitud y puede destruirse con rapidez aterradora. La formación natural de dos centímetros de capa superficial de suelo puede tardar más de 1 000 años y esa misma cantidad puede ser erosionada en un solo aguacero o removida y trasladada por fuertes vientos (Oe. s.f.).
Hace 12 000 años que los seres humanos abandonaron la práctica de la caza y recolección, y concibieron la idea de ahorrar y plantar semillas de una campaña a la siguiente. Crearon las comunidades y desarrollaron los sistemas agrícolas adaptados al clima del lugar. Desde entonces, la historia de la agricultura puede percibirse como un largo proceso de intensificación a medida que la sociedad intenta satisfacer sus crecientes necesidades de alimentos, pienso y fibra, mediante el incremento de la productividad de los cultivos (Pandey, 2012).
Hasta la segunda mitad del siglo XX los rendimientos de los cultivos en los sistemas agrícolas dependían de los recursos internos, el reciclaje de materia orgánica, los mecanismos de control biológico y el patrón de lluvia (Altieri,2002). Los rendimientos agrícolas eran modestos pero estables. Desde 1950, en el siglo pasado, etapa que marca el comienzo de la Revolución Verde, se constataron cambios en las variedades de cultivos y las prácticas agrícolas empleadas en todo el mundo (Parra, 2008). El empleo de fertilizante sustituyó la gestión de la calidad del suelo, mientras que los herbicidas constituyeron una alternativa a la rotación de cultivos como medio de luchar contra las malas hierbas. Al mismo tiempo se favorecieron grandes granjas, la especialización de la producción, el monocultivo y la mecanización (Altieri, s.f.).
Hoy en día se reconoce que mejoras considerables de la producción y la productividad agrícolas fueron acompañadas de efectos negativos en la base de los recursos naturales de la agricultura, efectos que fueron tan graves que pusieron en peligro su futuro potencial productivo (Gómez-Pompa, 2002; González, 2008). Entre las consecuencias negativas externas de la intensificación se incluyen la degradación de la tierra, la salinización de las zonas de regadío, la extracción excesiva de agua subterránea, el incremento de la resistencia a las plagas y la erosión de la biodiversidad. La agricultura también ha perjudicado al medio ambiente en términos más amplios mediante, por ejemplo, la deforestación, la emisión de gases de efecto invernadero y la contaminación por nitrato de las masas de agua (Pandey, 2012).
Se prevé que la población de la Tierra crecerá a unos 9 600 millones en 2050, aumentando de manera dramática en las regiones más pobres del mundo, lo que exige incrementar la producción agrícola y disminuir el desperdicio de alimentos en las etapas iniciales de la producción, manipulación y almacenamiento post-cosecha, así como durante el procesamiento, distribución y consumo de éstos.
La creciente demanda por alimento obliga a intensificar la producción agrícola en las condiciones actuales porque a escala mundial es muy difícil expandir el área de cultivos. También es necesario aumentar la producción agrícola por área.
La aplicación de las técnicas de la agricultura de conservación contribuye a la intensificación sostenible de la producción, mediante la reducción al mínimo de la alteración del suelo y la retención de los residuos de los cultivos en la superficie.
Para intensificar la producción agrícola también es importante tener en cuenta la función que desempeñan la energía y la mecanización cuya carencia en muchos países es una limitación importante para el incremento de la misma. Los seres humanos, a diferencia de las unidades productoras de potencia, son muy ineficientes, limitando su rendimiento energético a menos de 0,1 kW y llegando, en trabajo de corta duración, a 0,3 kW, variando la fuerza desde 60 N a una velocidad de 1,1 m/s, cuando utiliza una manivela, hasta 600 N a 0,15 m/s cuando opera los pedales de una noria de paletas. Es sabido que la fuerza que puede hacer un hombre equivale a la décima parte de su propio peso.
En cuanto a la energía suministrada por los animales, se puede decir que el 85 % de ésta, aplicada en la agricultura en los países en desarrollo, tiene origen animal. Entre los animales de tiro, los caballos desarrollan un mayor esfuerzo de tracción con relación a su peso (15 %), y durante breves periodos de tiempo pueden alcanzar una fuerza igual a la mitad de su peso. En consecuencia tanto el hombre como los animales proveen un valor casi nulo como fuentes primarias de potencia (Botta, 2003).
Empleando sólo su mano de obra un agricultor puede producir lo suficiente para alimentar, en promedio, a tres personas adicionales. Con la tracción animal esta cifra se duplica, y con un tractor asciende a 50 o más (Ríos, 2004; Friedrich, 2007). La mecanización adecuada puede mejorar la eficiencia energética en la producción agrícola, lo que a su vez favorece la sostenibilidad, la capacidad productiva y reduce los efectos perjudiciales de la agricultura en el medio ambiente (Ríos, 2009).
El presente artículo tiene como objetivo resumir la información sobre el papel de la mecanización en la intensificación sostenible de la producción agrícola.
Es una revisión descriptiva y proporciona al lector conceptos útiles en áreas de la agricultura sostenible y mecanización agrícola, que se encuentran en constante evolución. Para la localización de los documentos bibliográficos se utilizaron varias fuentes de información primaria y secundaria, considerando textos académicos, publicaciones internacionales, estadísticas del Banco Mundial e informes de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).